Dime que existes

Thursday, December 07, 2006

Desobediencia, independencia y libertad

Desobediencia, independencia y libertad

Durante siglos reyes, sacerdotes, señores feudales, empresarios y padres han insistido en que la obediencia es una virtud y la desobediencia es un vicio. Otro punto de vista nos permite enfrentar esta posición con el acto de desobediencia que inaugura la historia humana y que tuvo por protagonistas a Adán y Eva. Ambos “estaban en la naturaleza como el feto en el útero de la madre”, expresa Erich Fromm en sus ensayos. Ambos eran humanos con rasgos semi-divinos, pero con el acto de desobediencia todo cambió, es decir, al romper los vínculos con la tierra y madre fueron capaces de dar el primer paso hacia la independencia y la libertad. Ese acto de desobediencia los transformó en individuos. El “pecado” lejos de corromper al hombre, lo liberó; y es aquí donde comienza la historia. Al abandonar el Jardín del Edén, mujer y hombre tuvieron que aprender a luchar y a confiar en sus propias fuerzas para convertirse en humanos. Para los profetas el hombre se vuelve humano en la historia, pues a medida que avanza desarrolla sus capacidades de amor y de razón, hasta crear un equilibrio entre él, sus semejantes y la naturaleza. A este equilibrio, vale decir, armonía, se le describe como “el fin de los días”. Este período de la historia lleno de paz entre los hombres y la naturaleza constituye el nuevo paraíso creado por el hombre una vez perdido el “viejo” paraíso por su desobediencia. Tanto para el mito hebreo de Adán y Eva, como para los griegos, a través de Prometeo, toda la civilización humana se basa en un acto de desobediencia. Al robar el fuego a los dioses, apunta Fromm, Prometeo sembró las bases de la evolución del hombre. No habría historia humana si no fuera por el atentado de Prometeo, quien, como Adán y Eva, fue castigado por su desobediencia.


El hombre continuará evolucionando mediante actos de desobediencia, porque ellos denotan autonomía, sentido crítico. Su desarrollo espiritual solo fue posible gracias a otros hombres capaces de decir no a otros poderes en nombre de su conciencia, de su fe, y de su inteligencia, entendida como la capacidad de establecer relaciones. La evolución intelectual, plantea Fromm, dependió de la capacidad de desobediencia a las autoridades que trataban de reprimir los pensamientos nuevos, porque para ellas el cambio no tenía sentido.


Si la capacidad de desobediencia o la “resistencia pacífica a las exigencias o mandatos del poder establecido”, constituyó el comienzo de la historia humana, la obediencia y la sumisión bien pueden provocar el fin de la historia humana. La obediencia a mi propia razón es un acto de afirmación no de sumisión. La obediencia a una persona, institución o poder es sometimiento, abdicación a mi autonomía y aceptación de una voluntad ajena en lugar de la mía. Sin embargo, no significa que toda desobediencia sea una virtud, y un vicio toda obediencia. No, si consideramos que existe una relación dialéctica entre obediencia y desobediencia cuando los principios a los que obedecemos y desobedecemos son contrarios e inconciliables. Un acto de obediencia a un un principio es, necesariamente, un acto de desobediencia a su contraparte, y viceversa. Si, por ejemplo, obedecemos a las leyes inhumanas del Estado estamos desobedeciendo, necesariamente, las leyes de la humanidad. Si, por el contrario, obedecemos a las leyes humanas, desobedecemos a las del Estado. Los atentados terroristas de los últimos años constituyen una muestra de que obedecemos a pasiones anticuadas de temor, odio y codicia, porque obedecemos a moldes obsoletos e irracionales de soberanía estatal, honor nacional, y fe religiosa. Existe la posibilidad, o incluso la probabilidad de que la raza humana destruya la civilización en los próximos años. Hecho que carece de sentido si consideramos que vivimos en la Era atómica, pero la mayoría de los que están en el poder vive aún con ideas atrasadas y lentas sobre política, Estado y sociedad con relación a la era científica.


Si la humanidad sucumbe será porque se obedecieron las órdenes de presionar el botón de la destrucción. Los que hablamos de revoluciones y de libertad estamos desalentando la desobediencia, los primeros por la fuerza explícita y los segundos mediante métodos sutiles de persuasión. Pero existe otra defensa: los grandes hombres, los mártires de la fe religiosa, de la libertad, y de la ciencia han sido modelos de una conciencia humanística, han tenido que desobedecer a quienes deseaban acallarlos, para seguir los caminos de su propia conciencia, de las leyes de la humanidad, y de la razón. Ellos tuvieron un conocimiento intuitivo de lo que es humano e inhumano, de lo que contribuye a la vida y de lo que la destruye. Un hombre que sólo obedece es un esclavo. Si sólo desobedece es un rebelde, no un revolucionario, porque actúa llevado por la furia, el despecho, el resentimiento, pero no en nombre de un principio, ni de una convicción humanitaria.


Monday, November 20, 2006

Ese cosmos que nos habita

El trabajo, el amor y el sufrimiento constituyen los tres “valores” que permiten al hombre la realización del significado de la existencia. Estos tres valores se encuentran en relación directa con parámetros de creatividad, de experiencia, y de actitud.

El hombre responde a las situaciones con su propio trabajo. Los valores creativos corresponden a su actividad, a esa forma peculiar de intervenir en el mundo para estructurarlo y dirigirlo hacia el bien. En consecuencia, el hombre debe vivir la realización de una obra o de un proyecto como una tarea vital en respuesta a la tarea general que le ofrece la vida. El oficio debe ser “amado” y no sólo visto como un medio para alcanzar un fin. Lo que interesa no es lo que se hace, sino cómo se hace, porque la profesión en sí no puede hacer al hombre indispensable e insustituible; la profesión sólo nos da la probabilidad de ser tal.

En el trabajo lo que cuenta es la dedicación, la intensidad con que nos aplicamos, y no el tipo de trabajo que se desempeña; la intensidad y el ardor expandirán, por sí solos, la proyección de nuestro trabajo. Si aportamos entusiasmo y dedicación, aunque el trabajo no satisfaga, entonces será efectivamente un valor.

Lamentablemente, el proceso de industrialización ha obligado a trabajar al hombre, no sólo, con máquinas, también, como máquina. Este trabajo no significativo, no aporta al hombre un valor. Compete al hombre ocupar su tiempo libre; pero no para escapar del vacío interior, sino para ocuparlo, para darle sentido. El que sabe cómo llenar el espacio que la progresiva industrialización le concede con actividades colaterales o con entretenimientos, podrá hacer significativa su existencia.

La historia del hombre, según Freud es la historia de la represión de la libertad instintiva del inconciente, el dominio casi absoluto de la razón sobre la fantasía y del principio de realidad sobre el principio del placer. La civilización racional y científica que hoy impera en el mundo se ha logrado gracias a milenios de represión implacable sobre el inconciente, a una sistemática y continuada lucha contra el principio de placer y la felicidad de la persona humana.

Al valor de la experiencia concierne todo lo que el hombre pueda tomar del mundo y de sí mismo; por lo tanto, se refiere a la experiencia artística, filosófica y literaria.

Los sueños o la fantasía son nuestro único escape de la realidad. Ellos constituyen otra realidad no menos real. Existe solo un velo entre la realidad y la fantasía. Se precisa la ilógica en lugar de la lógica, la ilusión en lugar de la percepción, la visión en lugar de la vista. Las fantasías del pasado son las realidades del presente. Las más conocidas teorías afirman que los primeros creadores se valieron de mitos y leyendas para contar las maravillas del universo que no podían comprender. Estamos llenos de semillas que germinan en el espíritu. Las imagenes exquisitas o agobiantes de nuestra imaginación –los arquetipos- según Carlos Jung; las voces y música de la mente, surgen de una inmensidad para la cual no tenemos nombre. Una de las mejores formas de encontrar significado a la vida la encontramos en la lectura de las grandes obras literarias, porque en ellas están fundidas la filosofía que se ocupa del ser; la historia y la ciencia, cuyo asunto es el suceder real, perecedero en la primera, permanente en la segunda; y la ficción que da cuenta de un acontecer imaginario, integrado por elementos de la realidad.

El ambiente y los problemas que acosan al hombre coartan las posibilidades de la interiorización viva, pero detenida en muchos.

El amor constituye la forma más alta de los valores de experiencia. El amor verdadero supera la corporeidad, aunque no la rechaza. El amor se detiene en el yo profundo de la persona amada, en su espiritualidad. Pero el sufrimiento manifiesta la grandeza del hombre, porque sólo en él se encuentra trágicamente inmerso, confrontando consigo mismo su capacidad de trabajo, de goce. Detrás de las razones de la razón, que languidece, percibimos las razones del corazón, las virtudes, los vicios y ese gran dolor que es la vida del hombre. El sufrimiento supera el significado de la creatividad y el significado del amor. Aún así, nuestra actitud se extiende más allá del dolor y asume frente a lo adverso una posición inexpugnable. Paleamos el dolor con el invencible de la creatividad y de la fantasía. Que mejor ejemplo que “El Nautilus (veinte mil leguas de viaje submarino)” de Julio Verne, escrita, aproximadamente, en 1873. Más allá de los innumerables recursos de la ciencia, Verne inventó un excelente medio novelesco para que esta apropiación del mundo resultara deslumbrante. Roland Barthes ha sugerido que el barco de Verne bien puede ser símbolo de partida; pero en lo profundo es el signo de la clausura, la alegría de un encierro perfecto, de tener a la mano un número posible de objetos; y desde su seno sin fisura dar cuenta de sí mismo y de su contrario: el vacío de las aguas exteriores. Ese cosmos que nos habita contiene a todos los dioses y demonios. Podemos utilizar sus poderes para obtener alegría y libertad en tiempos de crisis y desolación, o para difundir la devastación física y espiritual que vivimos.

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Wednesday, October 25, 2006

La incertidumbre y el otro

La “verdad” absoluta, universal y evidente no existe, porque frente al mundo objetivo, complejo e intrincado existe otro, no menos real, representado por el vacío, lo incorpóreo, lo simple. Las perspectivas puras e independientes no pueden constituir la verdad, tampoco la identidad como forma de permanencia infranqueable. Así vemos que la historia está animada por dos procesos antónimos pero complementarios: el desgarramiento y la integración. La modernidad presenta perspectivas independientes, excluyentes con una visión monista del mundo, característico de Occidente. Pero existe otro camino que se abre como un arcoiris cuando se combinan la racionalización, la subjetividad, la eficacia y la libertad. Desde el momento en que el hombre apela a una libertad es inseparable del trabajo crítico de la razón. Si combinamos la razón y el aspecto subjetivo del sujeto, es decir, el sentimiento, la intimidad, la tradición, reforzamos la felicidad de ser con el cuerpo y el alma unidos.

La expresión hegeliana “la verdad es el todo” se refiere a un todo que evoluciona y cambia. La historia del mundo no es lineal. Su evolución está constituida por la sucesión de personajes y de culturas que representan cada cual una acción en la historia. Cristo, ha expresado Alan Touraine, constituye el símbolo de la subjetividad inscrita en la historia, así como lo será luego la Revolución francesa. Cristo quebrantó la correspondencia de lo espiritual y de lo temporal que los judíos compartían con los griegos. Pero la particularidad de Cristo se encuentra en la realización de su destino mesiánico, en su sacrificio determinado por el amor. El mundo está integrado por sujetos diversos, con valores e ideas particulares que construyen una verdad inagotable, con múltiples dimensiones y aristas. Esta consideración hace imposible situarse en un punto de vista absoluto, inmutable, universal, porque el hombre no puede abarcar con su mirada todos los enigmas del universo. Por eso es indispensable mantener abierto el diálogo entre la razón y la subjetividad que no es otro que el camino de la libertad. El diálogo es una exigencia existencial. A través de él encontramos la reflexión y la acción encaminadas hacia el mundo transformado y humanizado. La dignidad de los seres se mide por su autonomía y la autonomía es inseparable de la propia expresión. La fuerza de la expresión es irreprimible. Una persona con pensamiento auténtico no calla; actúa, se expresa, manifiesta. Cuando expresamos oralmente nuestro pensamientos y sentimientos proporcionamos un modelo funcional que nos integra a la comunidad. Esta manifestación contiene una dimensión ética fundamental: el respeto a la dignidad del otro como persona y nunca debe reducirse a un insignificante acto de depositar ideas de un sujeto en otro. Paulo Freire, el pensador brasileño comprometido con la práctica de la libertad, expresa que el amor, la fe, la esperanza y el pensamiento crítico son las condiciones del diálogo. Cuando hay amor otorgamos reconocimiento al otro, es decir, respetamos el derecho de ser él mismo, libre y creador. Cuando existimos sentimos deseos de transformar la realidad. Todos los hombres tenemos ese derecho. La fe en los hombres abre caminos de confianza, horizontes luminosos de respeto. Este escrito lleva un mensaje de esperanza, es dinámico y busca, valientemente, la lucha. Si lucho con esperanza alcanzo las estrellas.

El pensamiento crítico, ya mencionado en otros artículos, precisa diálogo. Mediante el diálogo se desarrollan habilidades de razonamiento, de inferencia, de definición, de reflexión, de expresión. Cuando una persona descubre que puede formular supuestos, sacar conclusiones, deducir reglas, se descubre a sí misma. El diálogo nos permite la posibilidad de hacer preguntas, este aspecto dinamiza la sensibilidad ante las experiencias y pensamientos de otros individuos y culturas, nos prepara para interactuar con otros de forma fecunda, creativa y responsable, siempre con el empeño de vencer la incertidumbre y de acercarnos al otro: integrando el pensamiento a los nuevos hallazgos, develando el significado de lo desconocido, lograremos una socidad más justa.

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Thursday, September 28, 2006

El lenguaje de la arquitectura gaudiana

Hasta 1854 Barcelona era una antigua ciudad amurallada situada en una llanura junto al mar. La ciudad se preparaba para vivir la urbanización de un nuevo barrio llamado en catalán el Eixample (Ensanche) basado en el proyecto del ingeniero Ildefons Cerda que perseguía el crecimiento de la ciudad siguiendo forma de damero, es decir, urbanizaciones constituidas por cuadros o rectángulos, sin desatender principios de racionalidad, equidad y eficacia moderna. Tres años despues en 1879, la escuela de Arquitectura otorgó cuatro licenciaturas, entre ellas la de Antoni Gaudí. Los diseños de Gaudí apuntaban al despertar de la identidad catalana a través de la restauración de iglesias, conventos y antiguos palacios, así como a realzar la expansión de la ciudad con imponentes edificios. Los catalanes, expresó Eduardo Mendoza, tenían a “Paris como un ideal consciente y a La Habana como medelo inconsciente”. En la fusión de ambas culturas surgen hombres con espíritu de mecenas que aportan rasgos peculiares a Barcelona distintos de los de Madrid. Uno de ellos fue el conde Eusebi Güell i Bacigalupi, quien conoció a Gaudí, a través de una vitrina diseñada por éste para el comerciante de guantes Esteve Comella. La vitrina estaba destinada a ser exhibida en la Exposición Universal de París. En adelante el conde confió al joven arquitecto algunos encargos. En 1878 llegó el primer encargo importante, una industria textil propiedad de obreros, y un año más tarde su proyecto de rehabilitar una farmacia atrajo la atención de la burguesia barcelonesa. A partir de ese momento, Gaudí recibe encargos para decorar interiores de iglesias y conventos.

Más tarde en 1883 el cuñado de Eusebi Güell, Máximo Díaz de Quijano, nombrado luego marqués de Comillas por el rey de España, encomendó a Gaudí la realización de una residencia veraniega en la población de Comillas. El magnífico edificio fue bautizado con el nombre de “El Capricho” por su original aspecto, y el 3 de noviembre del mismo año fue nombrado arquitecto jefe del templo expiatorio de la Sagrada Familia en sustitución de Francesc de Paula Villar, quien había iniciado las obras el año anterior. “La Sagrada Familia” está dedicado a Jesucristo y a sus padres José y María, modelos de la familia cristiana. Este proyecto lo mantuvo en contacto con los más altos representantes de la Iglesia española. El mismo año de 1883, a sólo cinco años de su licenciatura, el joven tuvo otros importantes encargos que lo colocaron entre los profesionales catalanes de mayor éxito. La construcción de la residencia noble la Casa Vicens y la reestructuración de la Finca Güell, hoy convertida en sede de la real cátedra de Gaudí. La arquitectura gaudiana convirtió a la Finca en una metáfora del Jardín de las Hespérides celebrado por Jacint Verdaguer en el poema L’Atlántida. Su verja del dragón de hierro forjado ha sido ampliamente alabada.
En 1888 con treinta y seis años de edad, Gaudí realiza su primera construcción en el centro histórico de Barcelona: el Palacio Güell. Este año marcó el cambio de una fase expresiva de Gaudí. Afloró su original aporte al modernismo catalán, una variante del Art Nouveau. El modernismo catalán se expresó en forma de obras arquitectónicas monumentales tanto públicas como privadas con exuberancia de formas y colores. El estilo mezcló influencias historicistas y asimiló conocimientos tecnológicos y constructivos innovadores. La obra de Antoni Gaudí se distinguió por la forma de interpretar la naturaleza y por la importancia que atribuyó a la geometría como instrumento de conocimiento y proyeccion. En el lenguaje de la arquitectura gaudiana sobresale un organicismo sin parangón en la cultura occidental. Las técnicas de construcción tradicional catalana le ofrecieron a Gaudí la oportunidad de explorar formas geométricas hasta el momento en desuso en la arquitectura, pero presentes hasta la saciedad en la naturaleza. Las maquetas tridimensionales de yeso, madera o cordeles y contrapesos, telas constituyeron los instrumentos principales para elaborar sus ideas. Gaudi exploró a lo largo y ancho de su actividad las ventajas mecánicas de la curva continua catenaria, sólo usada en el diseño de puentes suspendidos. Saltando todo tipo de barreras de carácter estético, la aplicó junto con la elipse y la hipérbole a otras formas arquitectónicas. Pronto saltó de las formas geométricas planas a las espaciales; configuró superficies espaciales formadas exclusivamente por líneas rectas, y se valió de métodos constructivos tradicionales sencillos, de poco costo. Entre las técnicas tradicionales reutilizadas la más famosa es la bóveda catalana tabicada formada con ladrillos colocados en plano en capas superpuestas, unidos con argamasa.
Nació en él una desinteresada dedicación a su obra. La crisis económica de 1914 que obligó a suspender los trabajos de construcción del Templo, lo llevó a pedir limosna para financiar las obras. Los últimos años de su vida experimentó un retiro y una austeridad absolutos para dedicarse a su objetivo único: dejar plasmada la continuación del templo en maquetas de yeso y planos, cuya término estimaba en doscientos años.

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Imaginario simbólico de Gaudí

Anton Gaudí contaba once años de edad cuando entró en el colegio católico de los Pares Escolapis de Reus. Los escolapis conformaban una orden religiosa fundada en Roma en 1600, orientada hacia las ciencias positivas. El colegio gozaba de un cierto prestigio científico tanto en Cataluña y Aragón como en distintos países de Europa central. Allí se enseñaba la geometría de Euclides; la mecánica de Newton; las ciencias naturales de Linne. Para el hijo de unos artesanos modestos los estudios representaban un gran reto. Los primeros cursos merecieron un enorme esfuerzo por parte de Anton, razón por la que obtuvo bajas notas en las asignaturas. Otra circunstancia adversa se conjugaba: al joven Gaudí no le gustaba mucho ni la escuela ni el ambiente agitado de la ciudad, pues era de carácter independiente, retraído y pensativo, propenso a dolores reumaticos; tampoco se sentía a gusto con la disciplina colectiva, ni con el tradicional sistema de enseñanza. Sin embargo, consiguió dos compañeros con gustos afines, con quienes afianzó una leal amistad. Josep Ribera y Eduard Toda sobresalían por encima de la mediocridad del grupo.
En una ocasión los tres jóvenes realizaron un paseo al abandonado monasterio de Poblet, situado a 30 km de Reus, cerca de Francia. El monasterio había sido fundado en el siglo XII, y guardaba los sepulcros de reyes y santos. Pero había sido sacudido en 1809 por las tropas de Napoleón Bonaparte, el emperador francés; luego fue incendiado por unas milicias anticlericales, y, finalmene, el pillaje y la indiferencia de los gobiernos locales se encargaron de convertirlo en un lugar desolado y abandonado. Pero para los tres jóvenes constituía el símbolo de un pasado glorioso de la historia que se encontraba entre la Edad Media y el Romanticismo. Sabían que para aquella sociedad contemporánea era fácil suplantar los campanarios por las chimeneas. Así que ellos solos se trazaron un ideal: devolver la belleza perdida al monasterio. Enseguida pusieron manos a la obra: listaron los libros y los objetos que aún se conservaban en el monasterio; tomaron medidas, hicieron planes de reconstrucción, y calcularon los gastos que supondrían los trabajos. Anton Gaudí, distinguido por su cabello rubio-rojizo, la piel rosada y los ojos azules, entre otras cosas, eligió la calidad precisa de la piedra que mejor convenía para reparar los muros, las bóvedas y los tejados. Más tarde expresó J. Elías, que resultan absolutamente sorprendentes los estudios que el joven de diecisiete años emprendió frente a la obra por la minuciosa intuición y agudeza de los detalles.
Para estos años Europa vivía momentos de gran confusión: en las ciudades industriales el desapego por la religión católica aumentaba; la caída definitiva de Roma amenazaba como alegoría de la desaparición de las virtudes cristianas. Las consecuencias más visibles fueron sociales. Para algunos sociólogos y observadores racionalistas todo era consecuencia del avasallante maquinismo de la revolución industrial que desplazaba a los campesinos hacia las ciudades. Ante semejante crisis la familia católica tradicional erigió a José como el padre de la familia. En el imaginario popular de Cataluña el nombre de pila José era bastante común. De forma paralela se multiplicaron las iniciativas para fomentar la devoción a la Sagrada Familia. Fue así como se publicó en Francia una revista titulada “Propagador de la devoción de San José”, y para 1866 el editor Bocabella fundó en la capital catalana la Asociación Espiritual de Devotos de San José, conocida como Asociación Josefina. Todo fluye hacia un ideal mayor en la mente del padre Josep Manyanet, quien en 1869 propone al obispo la construcción de un templo dedicado al patriarca San José con las limosnas de los devotos. Cien años más tarde el templo propuesto por Manyanet y promovido por Bocabella comienza a levantarse en medio del asombro de propios y extraños. El arquitecto barcelonés Josep Pijoan, considerado un hombre fiable, expresó que en el mundo de los josefinos se decía que “el arquitecto del templo en proyecto tendría los ojos azules”. Para entonces el joven Anton Gaudi culminó su último curso de bachillerato y con título en mano regresó a Barcelona para obtener algún trabajo que le permitiera pagarse los estudios. Barcelona había derribado las murallas medievales y se extendía como una sombra sobre los huertos y campos. Hacían falta albañiles, yeseros, carpinteros, capataces, y peones.
Con veintiún años, Anton Gaudí inicia la carrera de Arquitectura, y, al mismo tiempo, trabaja como delineante en un taller. Su familia decidió vender el taller de calderos de Reus para acompañar a sus hijos en Barcelona.

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Wednesday, August 23, 2006

Gaudí: el constructor visionario

Un hombre viejo yacía en el suelo salpicado de sangre cerca de los rieles del tranvía en el centro de la ciudad. El hombre llevaba barba blanca frondosa y descuidada. Su vestido no era el de un obrero, aunque se veía viejo y deteriorado, y las suelas de sus zapatos hacía tiempo que las llevaba desgastadas. La gente agolpada en derredor no sabía si se trataba de un mendigo que llevaba la ropa de otro hombre. Aún respiraba y con dificultad lo trasladaron al Hospital de la Santa Creu de la Barcelona medieval. El frío edificio gótico alojaba a los desvalidos sin familia y a los mendigos errantes.

El herido no llevaba consigo documentación. Tan sólo un puñado de pasas y maníes en uno de los bolsillos de la chaqueta; y un libro de los Evangelios en el otro. Había balbuceado su nombre tras las insistentes preguntas de los enfermeros, pero no decía gran cosa. Al día siguiente fue identificado por el capellán del templo de la Sagrada Familia. El desconocido era el arquitecto Antoni Gaudí i Cornet, el constructor visionario del inacabado Templo de la Sagrada Familia. Tres días después, el 10 de junio de 1926, muere como consecuencia del golpe causado por el tranvía.

Gaudí tenía 74 años y en los últimos años de su vida se había dedicado, en cuerpo y alma, a la construcción de una extraordinaria catedral del siglo XX. No fue fácil llegar hasta aquel punto, pues sus condiciones eran cada vez más precarias y su obra de la Sagrada Familia avanzaba en medio de una crítica permanente. Se hallaba rodeado por la indiferencia de unos, por las polémicas de los intelectuales, y las burlas feroces de los caricaturistas de los periódicos. El Templo era llamado, despectivamente: “La catedral de los pobres” que se iba erigiendo, lentamente, gracias a las limosnas del pueblo devoto.

Hoy considerado un pionero de la arquitectura europea, junto con el sueco Ostberg, y el suizo Steiner, sabemos que este gran hombre vio la luz el 25 de junio de 1852 en Reus, que a mediados del siglo XIX era la segunda ciudad del Principado de Cataluña por su número de habitantes –casi 27.000- y un agitado centro industrial y comercial del sur de Europa. Su obra ha trascendido toda objeción estética. Se vivían entonces procesos de grandes transformaciones sociales, pues la revolución industrial, no sólo representó la modificación de las antiguas estructuras sociales, también un importante cambio urbanístico.

Antoni Gaudí fue el quinto y último hijo del matrimonio formado por Francesc Gaudí, calderero de Riudoms y Antonia Cornet, cuya familia de caldereros se había establecido en Reus. El pequeño Antoni acostumbraba pasar muchas horas en el taller familiar admirando los sólidos volúmenes de las ollas y las delicadas formas de los alambiques que fabricaba su padre. La elaboración espacial de los objetos quedó grabada en su imaginación estimulando una inusual capacidad de percepción y representación mental de los volúmenes y las geometrías tridimensionales. Durante su infancia Antoni se vio obligado a guardar reposo en el campo. Hacía los cinco años de edad había comenzado a sufrir dolores tan fuertes que no le permitían caminar. Sufría de artritismo articular, razón por la cual lo subían en un burro y así lo paseaban por el márgen de la viña. En otras ocasiones, cerca del gallinero, se entretenía con los palitos y las cañas o atrapando lagartijas, con la atención puesta en toda clase de insectos que poblaban el terreno del mas, plantado de vides. Esta circunstancia alimentó en el niño, y más tarde en el adolescente, un temperamento reflexivo, convirtiéndolo en un perspicaz observador de la naturaleza y de las formas de los árboles, de las flores y de los animales. El terreno plantado de vides y los campos de los alrededores se habían convertido en un “Jardín de siete secretos” proporcionando al pequeño una visión diferente de la de sus semejantes: las arañas eran capataces de obra que fabricaban puentes sobre los ríos; las flores nacían de los cálices, copas sagradas; los caparazones de los caracoles eran una espiral, asimismo, crecían en espiral los brotes de las amapolas; las serpientes reposaban en espiral debajo de las piedras; y los ásperos muñones de los olivos se enroscaban también en espiral. La espiral era un eje que aguantaba el mundo. Las chimeneas de los terrados y de las casas se alzaban como guerreros acorazados; las cañas y las hojas eran lanzas y escudos; palacios eran las cabañas humildes de los pastores alzadas piedra sobre piedra; los troncos inmensos de los algarrobos inclinados con sus ramajes eran las columnas del Templo. Nació así un gran interés por la geometría y por la aritmética. Cuenta Jordi Elias, un estudioso de la vida de Gaudí, que éste siendo niño entró a trabajar en una fábrica de hilados y tejidos de algodón. Un día el dueño del negocio encontró a Anton leyendo un libro en un rincón. Sin embargo, en vez de regañarlo, el dueño le preguntó qué clase de libro estaba leyendo. “Es de aritmética”, contestó asustado. Sorprendido por el interés del pequeño, Joan Tarrats prometió que al día siguiente le llevaría un libro de mayor interés. El nuevo amigo fue un texto de geometría. El negociante intuyó que aquel talento se perdería en la fábrica, y entonces, decidió conversar con sus padres para recomendarles que le dieran estudios al pequeño. Según J. Elias, Tarrats debió ayudar, más tarde, a que el joven Anton llegase a estudiar el bachillerato. Consta, que su madre vendió parte del patrimonio heredado de los Cornet para destinarlo a los estudios de su quinto y último hijo.

Por razones obvias, continuaré con la vida de este gran hombre en mi próxima entrega.

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Wednesday, August 16, 2006

Los cuidados del artista y el porvenir

El arte constituye un “transfinitador”, ha expresado García Bacca, porque es la potencia motora de una explosión que se verifica en el hombre mismo capaz de trascender épocas; pero también existen los refrenadores humanos con los cuales se embraga y domina la potencia del arte, en principio desaforada, tendente al infinito. La vida es manantial de novedad, de espontaneidad, de originalidad que nos transporta a lo trascendente. El hombre crea, inventa, realiza “transfinitadores”. Así vemos, por ejemplo, que todos los frenos en religión, moral, y literatura, no pudieron impedir la magnífica irrupción del “Cantar de los Cantares” del Antiguo Testamento. Esta gran obra escrita por el rey Salomón constituye un “transfinitador” de carácter religioso, moral y literario; como tampoco los frenos de la religión cristiana en cuanto a moral se refieren, pudieron impedir que surgiera el drama-tragedia de “Romeo y Julieta”.

Todos los frenos impuestos por el “Corán” sobre los fieles no detuvieron el surgimiento de “Las mil y una noches”, ni “El Rubaiyat”, joyas literarias, cada una de original brillo.

Frenos de potencia como poderes civiles y religiosos de la época victoriana en Inglaterra no impidieron, aun encarcelándolo, que Oscar Wilde produjera “El retrato de Dorian Grey”; como tampoco “La missa solemnis” de Beethoven, compuesta en 1818-1823, la cual representa un ataque al dogma, a la doctrina y a su fundamento capital, pues es el hombre y no Dios, ni la Trinidad, el centro de la Misa.

Gracias a los cuidados del artista toda época tiene un porvenir. Ese porvenir esta hecho de los trabajos en curso, de las empresas, de los proyectos a plazo más o menos largo, de las revueltas, combates y esperanzas. “El hombre es un absoluto” expresa Sartre, porque absoluta es su decisión irremplazable, incomparable que toma en su momento en relación con su circunstancia, en su medio y sobre su tierra. El hombre es absoluto, porque ha vivido en su época, ha pensado esta época, día a día, con los medios que tenía a su alcance; ha formado su doctrina a partir de cierto estado de conocimientos, y se alza desarmado, pero no vencido, como un asta. Seremos absolutos por haber combatido apasionadamente en nuestra época, con el solo entusiasmo de llevar el arte como un bastión, capaz de producir ciertos cambios en la sociedad que nos rodea.

El horizonte es una línea biológica, un órgano viviente de nuestro ser. Mientras gozamos de plenitud, el horizonte emigra, se dilata, ondula elástico casi al compás de nuestra respiración. Cuando el horizonte se fija rígido se halla anquilosado y nosotros entramos en la vejez. El hombre actual, gracias a la técnica moderna domina las causas, las posee. La ciencia de la contemplación de los antiguos griegos se ha trocado en acción a partir del Renacimiento. El hombre actual puede fabricar estrellas: la bomba de hidrógeno. Las estrellas producen probablemente su luz y su energía por fusión o por composición de átomos de hidrógeno en átomos de helio. Seguramente, Esquilo, Sófocles o Eurípides hubiesen encontrado en la siguiente frase, tema para desarrollar una epopeya: el hombre de hoy puede hacer estrellas en su mano.